Bukavu, Donde la esperanza tiene nombre de mujer

En mayo de 2009 leí un artículo del Dr. Denis Mukwege en la revista Umoya. Hablaba de lo que estaba ocurriendo en el este del Congo, el uso de la mujer como arma de combate a consecuencia de una explotación injusta y despiadada del coltán. Contaba historias dramáticas de violaciones terribles a mujeres de todas las edades, niñas, adolescentes, incluso ancianas. Su relato y su denuncia a la comunidad internacional me impactó tanto que decidí conocer de cerca esa realidad. También propuse a la Fundación ocuparnos de buscar un proyecto que atendiera a estas víctimas y a la vez informar a la población de estos crímenes.

En octubre de ese mismo año viajé por primera vez al este del Congo. A la región del Kivu y a sus capitales Goma y Bukavu en compañía de nuestra delegada en África. Es una zona de conflicto que ha sido desbastada por las guerras, una en 1995-96 y otra entre 1998-2003, con más de 4 millones de muertos y desaparecidos. La guerra ha dejado una estela de sufrimiento con un aumento notable de niños y niñas en las calles, huérfanos, niños soldados y la violación sistemática de las mujeres de todas las edades. La inseguridad permanente provoca una huida de la población de los medios rurales hacia las ciudades lo que incrementa aún más la pobreza.

La violación de los derechos humanos es lo habitual mientras la gente de la zona denuncia la pasividad de los cascos azules ante el estado de inseguridad de los civiles, las masacres y las violaciones sistemáticas.

Cuando llegamos a Goma teníamos el contacto de una persona del lugar que nos acompañaba en todos nuestros desplazamientos. El ambiente que se percibía era de una tensión contenida con gran cantidad de militares y policías armados cuya presencia no transmitía ningún tipo de calma o seguridad. Allí visitamos un proyecto de asistencia a estas mujeres y por primera vez entré en contacto directo con las historias terribles de asesinatos y violaciones. Una chica de 23 años, tenía terribles quemaduras en el cuerpo, me contó que habían quemado su casa y a su marido, a ella la habían violado varias veces y también habían quemado sus piernas. Me pidió que hablara de su caso, que contara lo que estaba pasando y me rogó que la filmara con la cámara de vídeo que llevaba.

Después de unos días en Goma atravesamos el inmenso lago Kivu y llegamos a Bukavu. Mientras la barca avanzaba por el lago disfrutaba de la belleza del paisaje y de la vida aparentemente tranquila de sus gentes en la orilla, pescadores y agricultores trabajando la tierra cercana al agua, era difícil pensar que me estaba acercando a un infierno y a un lugar peligroso.

En Bukavu también había muchos militares y una presencia muy numerosa de la MONUC. La gente aparentaba calma en medio de una tensión que se palpa en un ambiente en el que destacan la gran cantidad de mujeres y niñas, algunas muy pequeñas, que cargan sobre sus cabezas enormes pesos de leña o agua.

Nos alojamos en un hotel a la orilla del lago que nos pareció seguro y agradable. Nuestro contacto allí era un sacerdote que tenía un proyecto con un grupo de adolescentes víctimas de esta violencia sexual. Fuimos con él al centro y me encontré con un grupo de chicas muy jóvenes, entre 14 y 18 años, algunas de ellas con los niños que habían tenido después de ser violadas. Aquellas muchachas no sabían lo que era la adolescencia ni vivir con la seguridad de tener todo lo básico y solo preocuparte de cosas innecesarias. Habían sufrido tanto que sus historias me causaban dolor, incluso físico. A la mayoría les habían matado a los padres, las habían violado delante de sus hermanos. La mayoría habían sido atendidas durante meses en el hospital de Panzi, el hospital del Dr. Denis Mukwege. Algunas de ellas se habían visto en la calle y habían empezado a vivir de la prostitución. No sabían leer ni escribir y mostraban un gran interés por estudiar.

Empezaron a contarme sus historias mientras las grababa con la cámara de video. Algunas eran terribles y cuando las escuchaba sentía que algo dentro de mí se convulsionaba, una mezcla de impotencia, tristeza, rabia y dolor.

Una de ellas nos habló de una infancia con ausencia de madre, pasando hambre, sintiéndose muy triste y abandonada, sin referente alguno de cariño y para mayor desgracia, un día que iba de un lugar a otro para atender a su abuela, la cogieron los rebeldes rwandeses y la violaron brutalmente. Tuvo que estar en el hospital de Panzi un tiempo y después hacerse cargo de una hija como consecuencia de esa violación. Una niña preciosa que se llama Joyce y que mientras su madre me contaba la historia jugaba ajena al drama origen de su existencia. Cuando la muchacha termino de contar su relato le pregunté la edad y me dijo que tenía 18 años, luego me dijo su nombre, Esperanza. En ese momento empecé a llorar por el sufrimiento de aquella joven de infancia robada y mirada opaca y perdida. Entonces surgieron algunas preguntas: en qué medida somos responsables de estas situaciones de injusticia, aunque solo sea por no querer saber nada sobre ellas? Dónde están los derechos humanos de los que hablamos en el mundo de los privilegiados como si fuera algo universal. Acaso no tendremos que empezar a hablar de los deberes que tenemos frente a estas situaciones?

Este crimen contra las mujeres en el este del Congo tiene rostro, historia y nombre. Tiene también unas causas que son la confluencia de multitud de intereses internacionales. Tiene responsables que ejecutan las violaciones y asesinan a la población. Pero también tiene personas que están entregando su vida y denunciando a la comunidad internacional lo que está pasando.

Una de las figuras más destacadas es el Dr. Denis Mukwege, que lleva años luchando al lado de estas mujeres, desarrollando técnicas quirúrgicas específicas para la reconstrucción de sus cuerpos después de las graves lesiones y gritándole al mundo lo que está pasando. Levantó el hospital de Panzi para atender a estas víctimas ya en los primeros años de la guerra en el este del Congo. Ha sido objetivo de atentado en varias ocasiones y en 2014 recibió el Premio Sajarov por su defensa de los Derechos Humanos.

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