Tribuna la Nueva España. «Realidades que nos interpelan»

Autor del Artículo: Inmaculada González-Carbajal García.
Publicación: la Nueva España, en la sección: Tribuna
Día: 25 agosto 2026

«Realidades que nos interpelan. La educación como antídoto para acabar con el matrimonio infantil»

«En este mundo diverso encontramos realidades muy diferentes y, en algunas de ellas, la vida transcurre con otras claves que a veces nos cuesta comprender y que nos colocan ante un escenario emocional difícil de asimilar. Para quienes vivimos en sociedades en las que los derechos forman parte de nuestra vida cotidiana, resulta complicado observar otras culturas en las que existen leyes que no están escritas y que, sin embargo, tienen un peso enorme porque se sostienen sobre tradiciones ancestrales y, muchas veces, encuentran además el respaldo de una religión que las legitima.

Lo doloroso es que, casi siempre, quien acaba pagando el precio de estas costumbres es la misma: la mujer, en cualquiera de las etapas de su vida. La niña que no puede ir a la escuela porque desde muy pequeña tiene que trabajar. Esa misma niña que, con siete, ocho o nueve años, queda bajo la tutela de un varón que le enseñará lo que se espera de ella y cómo debe comportarse. Después de su segunda menstruación, contraerá matrimonio con un hombre de edad variable, ocupando el tercer o cuarto lugar entre sus esposas. Tendrá relaciones sexuales, sin comprender lo que está pasando y cuando llegue el momento de dar a luz, otra mujer la ayudará. Quizá sea su madre o una vecina, pero nadie le habrá explicado lo que significa tener un hijo, cómo cuidarlo, cómo alimentarlo o cómo reconocer sus necesidades. Ella solo conoce el dolor, pero no puede protestar ni preguntar. Solo puede soportar.

Y quizá lo más difícil de aceptar, desde nuestra posición privilegiada, sea precisamente eso: que aquello que para nosotros resulta insoportable puede haber llegado a formar parte de la normalidad de una vida. Una normalidad construida durante generaciones y sostenida por leyes no escritas que nadie cuestiona porque, desde que nacieron, les enseñaron que así son las cosas.

Es una cadena de despropósitos en la que el eslabón más débil es siempre la mujer, condenada a una vida de penurias, sufrimientos y trabajos interminables, mientras los hombres disfrutan de una existencia mucho más llevadera. Ellos acuden puntualmente a la mezquita, mientras sus mujeres permanecen en casa, trabajan en el campo, preparan la comida, cuidan de los hijos y sostienen, en silencio, el peso de la vida cotidiana.

Muchas veces esto sucede en países cuyas leyes protegen a las mujeres y reconocen los derechos de las niñas. Sobre el papel existen normas, pero en la realidad, la tradición se impone a la razón y la pobreza no encuentra caminos alternativos. Cuando la miseria se adentra en la vida de las personas, entregar a una niña en matrimonio parece una solución para familias que no tienen casi nada y que reciben a cambio unos pollos, unas cabras o cualquier otro bien que les hace creer, aunque solo sea por un instante, que han conseguido resolver el problema.

Por eso resulta tan importante proporcionar educación y formación a las niñas y a las jóvenes. No basta con decirles que tienen derechos; es necesario que puedan conocerlos, comprenderlos y, sobre todo, reconocerse como mujeres que tienen derecho a decidir sobre su propia vida. Abrirles los ojos significa ofrecerles una posibilidad que quizá nunca habían imaginado: la de saber que su destino no está escrito de antemano.

En este asunto de los matrimonios infantiles quiero destacar el trabajo de Theresa Kachindamoto, jefa tradicional del distrito de Dedza, en el centro de Malawi. Hizo de la lucha contra este tipo de alianzas, una de las grandes causas de su vida y utilizó la autoridad que le confería su posición para enfrentarse a quienes los promovían o consentían. Impulsó normas comunitarias para impedir que las niñas abandonaran la escuela y trabajó para devolverles una oportunidad que parecía perdida. Su labor permitió que miles de niñas pudieran escapar de matrimonios tempranos y continuar sus estudios, y contribuyó al cambio social y político que llevó a Malawi a establecer en los 18 años la edad mínima legal para contraer matrimonio.

Theresa Kachindamoto demuestra que las tradiciones no son necesariamente inmutables. Que también desde dentro de una comunidad, desde la autoridad tradicional y desde el conocimiento de la propia cultura, es posible cuestionar aquello que durante generaciones se ha considerado normal. Porque quizá el verdadero cambio comience precisamente ahí: cuando alguien se atreve a decir que lo que siempre se ha hecho no tiene por qué seguir haciéndose.

Y cuando esa voz consigue que una niña vuelva a la escuela en lugar de entrar en un matrimonio, no solo cambia su presente. Se abre, también, una puerta hacia otro futuro».

Enlace para el articulo en Tribuna de LNE:

https://www.lne.es/opinion/2026/08/24/realidades-interpelan-133625525.html